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El rigor como elemento de credibilidad

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A todos nos gusta que nos crean. O al menos, esa debería ser la intención. Cuando durante estos días se escucha el baile de cifras en torno a un evento de magnitud como una huelga general, la credibilidad de muchos entes (tanto sindicales, gubernamentales o medios de comunicación) se pone en duda. 
Y no es para menos, entre los 'millones de personas' citados por los sindicatos, las 'miles' del Gobierno y el 'fracaso' de algunos medios, el ciudadano parece estar ya inmunizado ante semejante heterogeneidad y aboga por tomar un término medio. 
Este es sólo un caso, pero ¿qué hay detrás? La consecuencias de este tipo de declaraciones es que repercuten directamente sobre la credibilidad de las organizaciones. Una especie de cuento de 'Pedro y el lobo' aplicado a la comunicación. El resultado puede ser la desconfianza en estos tipos de valoraciones y por tanto en la organización en cuestión, lo cual repercute negativamente en la credibilidad de las mismas. Puede que llegue el momento en el que tengan una necesidad imperiosa por comunicar su mensaje, pero el conjunto de la sociedad no lo considere 'creíble', lo que supondría un problema de fondo de difícil reparación. 
Sé honesto, te creerán más. Es un buen punto de partida. Hay que tener en cuenta que cuando se emiten conclusiones como las anteriormente aludidas, las organizaciones parecen dirigirse los ciudadanos afines. Aquellos que siempre creerán o tendrán confianza en lo que digan. Mientas, aquellos que no formen parte de este grupo, desconfiarán de dichas informaciones y las tacharán al menos de improbables. 
Invertir en la credibilidad de una organización es un trabajo constante y duradero. No se pueden invertir las percepciones a corto plazo, pero sí trabajarlas poco a poco. Si conviertes tu organización en una organización creíble, de la que los ciudadanos se fíen, puede que no los convenzas, pero al menos te creerán. Y eso es muy importante en un momento en el que la sociedad reclama representantes y empresas coherentes y sinceros. 
Moraleja: para el ejemplo concreto de estos días y para futuras coyunturas, Gobierno, partidos políticos, sindicatos y medios deberían hacerse un favor a sí mismos e intentar reflejar las cifras reales, alejándose de sus intereses particulares y centrándose en lo verdaderamente ocurrido. Sería un primer paso para que la gente, independientemente de estar o no de acuerdo con los argumentos, no pueda dudar de  la honestidad de los mismos. 

La importancia de cuidar los detalles

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¿Qué diferencias hay entre una imagen y la otra? Ambas consiguieron aparentemente su objetivo, sí, pero no son igual de buenas.  Dejando a un lado los tintes políticos de una y otra, claro. La primera corresponde, a Manuel Fraga, saliendo de tomar un baño en la playa tranquilamente. Saludando a los asistentes al chapuzón y con una sonrisa en el rostro. Se tomó cuando el, por entonces, ministro de Información y Turismo quiso dejar claro que en Palomares no quedaba ni rastro de radiación tras la caída de material radioactivo desde un avión estadounidense. 
La otra corresponde a la consejera de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía, Clara Aguilera, quien, apenas unos días después de declararse la conocida como 'crisis del pepino' asistió a un invernadero de Almería para comerse uno y demostrar al mundo entero que aquellos pepinos estaban sanos. 
Mientras en la primera uno podría ver a Fraga como a un paisano más saliendo del agua, en la segunda hay algo que no cuadra. Bueno, mejor dicho, hay bastantes cosas que no cuadran. 
En primer lugar la indumentaria, cofia incluida que porta la protagonista de la fotografía. Esta vestimenta parece más bien sacada de un laboratorio, en lugar de algún lugar en el que el común de los mortales se alimenta. Conociendo las estrictas normativas de calidad e higiene ¿habría sido difícil sacar unos cuantos vegetales al exterior y hacerlo en un paisaje un poco más normalizado?
En segundo lugar llama la atención precisamente eso, el paisaje. La consejera aparece en el interior de una carpa destinada al cultivo, sí, pero su aspecto a simple vista, combinado, con la indumentaria, podría vincularse más a un compartimento con riesgo de fuga radioactiva que con la cocina de cualquier casa o el puesto de cualquier mercado. 
Otro de los apuntes a los que podemos hacer referencia es al rostro de los protagonistas. Mientras Fraga muestra cierta placidez, la cara de la consejera parece estar refunfuñando pepino en mano.
Por último detengámonos en la manera de comerse el citado vegetal. Sin pelar, a bocados; aunque aquí podemos romper una lanza en favor de la consejera y es que a pesar de que en nuestro país no es costumbre extendida tomarlos de esta manera, en el Alemania sí que es más común. Por lo que pensándolo mucho, más que un descuido, pudo tratarse de un intento por simpatizar con el público germano. Por qué no. 
Como decíamos al inicio, ambas cumplieron, en cierto modo, con su objetivo básico que en su momento sería aparecer en los medios. Pero el objetivo fundamental, supuestamente enfocado a trasmitir normalidad a la población, lo cumplió más Fraga que Aguilera. Porque todos los paisanos salen contentos del agua y no todos nos ponemos la cofia para comernos un pepino a bocados. 
Moraleja: Si decides comunicar con una imagen, deberás cuidar mucho la apariencia.